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	<title>La güé de Rafael Martínez-Simancas &#187; testigo impertinente</title>
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	<description>Insolencia Pasajera</description>
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		<title>Triste y sola (crónica de Marbella de Carmen Rigalt)</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Aug 2006 10:47:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laavutarda</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Por: RAFAEL MARTÍNEZ-SIMANCAS Sólo llevo tres días en Marbella, pero dentro de mí se ha instalado una sensación de perplejidad que ya no me abandonará en todo el verano. Es como si asistiera al fin de una época. Marbella agoniza y la gente se marcha sacudiéndose el polvo de los zapatos. Huyen las ratas, y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por: RAFAEL MARTÍNEZ-SIMANCAS</p>
<p>Sólo llevo tres días en Marbella, pero dentro de mí se ha  instalado una sensación de perplejidad que ya no me abandonará en todo  el verano. Es como si asistiera al fin de una época. Marbella agoniza y  la gente se marcha sacudiéndose el polvo de los zapatos. Huyen las  ratas, y a lo lejos suena un eco que se estrella contra el canto del  muecín: ¡maricón el último! Esto se contagia. Hoy me he levantado  dispuesta a comprar información para ilustrar la decadencia. Aviso: 50  euros por cada negrita. Si la negrita pertenece a Pedro Román o a Carlos  Fernández y trae foto adosada, triplico la oferta. Pero tranquilos, que  soy de buen conformar. Me vale Mayte Zaldívar en picardías o Pantoja  con cara de perro. También &#8216;Paquirrín&#8217; en tanga (aunque no me haré cargo  de la indemnización por daños y perjuicios a la sensibilidad de los  lectores). O Bárbara Rey comiéndose un croupier por los pies (todas las  noches, en el casino, se zampa alguno).</p>
<p><span id="more-442"></span></p>
<p>La decadencia es una palabra demasiado hermosa para aplicarla a la  Costa del Sol. Le sienta divinamente a Venecia, Baden Baden, Biarritz,  Deauville, incluso al Monasterio de Piedra. Pero no a Marbella, ciudad  de forajidos horteras. <strong>Como dice Rafa M. Simancas, la uralita envejece mal</strong>.  También envejecen mal los falsos rólex, la silicona, los restaurantes  de cinco tenedores y la lentejuela bailona. Gunilla envejece mejor, todo  hay que decirlo, pero es que Gunilla tiene la naturaleza privilegiada  de las momias. Su belleza es incorruptible y milagrosa, como el brazo de  Santa Teresa, que todavía vaga por ahí a la espera de reencontrarse con  su cuerpo (algo parecido le pasó a Evita Perón, aunque ella se salvó de  ser reducida a guarnición de gazpacho). Lo difícil de la decadencia es  retratarla. El alma no sale en las fotos. Si saliera, el alma de  Marbella tendría agujeros como el gruyere. Los agujeros son recuerdos  que se han esfumado.</p>
<p>Estos meses, todo el mundo busca agendas, álbumes, facturas, papeles  que expliquen el presente agujereado de Marbella. La historia tiene  casualidades. Uno de los detalles más reveladores de lo que ha sucedido  en esta ciudad se remonta a los primeros años 60, cuando un grupo de  amigos con visión premonitoria decidieron lanzarse al estrellato bajo el  nombre de los choris. No cantaban, no bailaban flamenco, no eran  monitores de gimnasia, no iban a la Universidad. Pero amaban la buena  vida y bebían de gorra. Ellos pusieron la primera piedra, el golpe de  gracia (y de jeta) que años después atraería a los trincones de medio  mundo. De Marbella, los choris se llevaron el placer. Años después, sus  sucesores se han llevado la pasta. Ahí tienen, en la foto, a Juan  Antonio Roca arrimándose a Julio Iglesias. Roca no era carismático como  Gil, pero se acercó a los famosos buscando su cuota de inmortalidad (la  otra cuota todavía no se ha descifrado).</p>
<p>El panorama anda escaso. Escribo: «El mar es azul. La palmera se  mueve. Huele a jazmín y a chopitos. El color estalla en las buganvillas y  la palmera se vuelve a mover». Podría cambiar las buganvillas por Yola  Berrocal, pero no lo haré porque temo que mi jefe se cabree y me  devuelva a Madrid a escribir obituarios. Dejo la palmera en su sitio y  centro mis esperanzas en Guadalmina (reducto de vascos con sus  correspondientes RH: los hay de las dos clases) y el núcleo duro de la  Milla de Oro, que aparece a la hora de cenar y desaparece a la hora de  adelgazar. Son las principales actividades de los supervivientes  marbellíes: coger kilos y perderlos. Todo lo demás es paja. La gente se  esconde en sus residencias de verano y pone cara de póquer cuando  alguien saca el tema de Alhaurín. Algunos incluso se han quitado de en  medio para evitar ser señalados.</p>
<p>En Guadalmina, mientras busco a ese guaperas que vive a bordo de un  cochecito de golf (Carlos Espinosa de los Monteros: ¡te necesito!) veo  varios audis con señores trajeados que ocultan su mirada detrás de unas  gafas oscuras. Tanto traje y tanta gafa me mosquean: son seguratas,  fijo. Lo que no logro saber es a quién protegen con semejante revuelo de  coches. Seguro que a Isidoro Alvarez no. Él, siendo el más poderoso del  barrio, prefiere disfrazarse con aura de taxista.</p>
<p>Puerto Banús ha cambiado de fisonomía. Este año han aterrizado  cientos -miles- de jóvenes árabes con formato occidental, procedentes en  gran parte de los emiratos árabes. El destino vacacional de estos  jóvenes millonarios era Beirut (concretamente Solidere, el barrio pijo  que nació de las cenizas de la pasada guerra), pero el plan se les  torció y vinieron a España. Notas en la moleskine: la muerte de Kiko  Hohenlohe ha herido el corazón de Marbella. Sus restos serán enterrados  aquí a principios de la semana próxima.</p>
<p align="right"><strong> EL MUNDO<br />
MADRID, 10 de agosto de 2006 </strong></p>
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		<title>Enseñar el plumero/ POR CARMEN RIGALT</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Jul 2006 10:43:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>laavutarda</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Por: EDITORIAL / REDACCIÓN CARMEN RIGALT El disfraz es una cosa muy seria. Todos los políticos, cuando están en el ejercicio del poder, tienen problemas a cuenta de sus disfraces. No lo digo por Zapatero, a quien durante meses hasta le dio apuro ponerse el traje de ir al Parlamento. Hablo en general. Dudo que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por: EDITORIAL / REDACCIÓN</p>
<p>CARMEN RIGALT El disfraz es una cosa muy seria. Todos los  políticos, cuando están en el ejercicio del poder, tienen problemas a  cuenta de sus disfraces. No lo digo por Zapatero, a quien durante meses  hasta le dio apuro ponerse el traje de ir al Parlamento. Hablo en  general. Dudo que exista un solo político capaz de resistir la tentación  del disfraz. En el caso de los políticos españoles se trata de una  tentación enmarcada en la memoria etnográfica del árbol de familia (rama  trajes regionales). Los políticos de antes se ponían la barretina o el  sombrero cordobés. Entonces aún no existía el exotismo porque sólo  cultivábamos los viajes de cercanías. Pero la globalización estaba ya  germinando en los kilométricos de los jóvenes interrail. Cuando la vida  abrió nuevos destinos turísticos, la política se convirtió en un  desmadre de ponchos, chilabas, gorritos esquimales y guayaberas de  flores.</p>
<p><span id="more-439"></span> Atentos al refrán «allá donde fueres, haz lo que vieres», los  políticos españoles se lo pusieron todo. Y se lo siguen poniendo. Con lo  único que no se atreven nuestros políticos es con el sombrero tirolés.  Para eso tienen que estar soplados. Hace años, Felipe González posó con  un gorro andino ante la prensa internacional. Hizo el ridículo y los  creadores de tendencias le pusieron verde, pero la historia ha  demostrado que aquella osadía de González no era sino un anuncio  solapado de la llegada de Evo Morales. Todos perdemos la vergüenza en  cuanto pasamos la aduana. Esa máxima rige también la conducta de los  políticos. Aznar se sintió sheriff en cuanto pisó Texas en compañía de  Bush. El marido de Ana Botella no sólo perdió la vergüenza: también el  acento. A la imagen del presidente con los pies encima de la mesa siguió  la del discurso ante los periodistas. Aznar aparecía ahí poseído por el  soniquete de Pancho Villa, que le dictaba las palabras como José Luis  Moreno se las dicta al pato Rockefeller. Fue lo más cómico que nos hemos  echado a la cara. El vídeo de aquella memorable actuación todavía  circula por la red. A Zapatero no le ha hecho falta pasar la aduana para  atreverse con la kufiya, esa prenda mitad mantilla, mitad bufanda, que  se ha convertido en símbolo de la lucha palestina. Fue en Alicante, y  todo parece indicar que el presidente se envolvió en la kufiya como  hubiera podido envolverse en una manta zamorana. Zapatero es simpático  (Risitas, le dicen desde el otro lado) y apoya las causas con una  naturalidad impropia en un político. No es que se le vea el plumero:  directamente lo enseña. Si Zapatero fuera Papa, mañana mismo se atizaba  una kipá (solideo judío) para contrarrestar. La simpatía de los Papas  nunca ha reparado en gastos. Lo mismo se ponen un tricornio que un  sombrero mexicano. El caso es agradar. Zapatero ha llegado tarde a la  kufiya. En un momento de nuestra vida, todos los españoles nos hemos  calzado la kufiya. Y quien dice todos, dice dos generaciones de jóvenes.  Que conste a modo de ejemplo: servidora se la puso antes de saber que  era una prenda palestina (Arafat nunca figuró entre mis hombres de  cabecera). Hay en esa afición una doble particularidad. Por un lado, la  herencia pintoresca de los viejos coros y danzas, que nos han legado una  impronta folclórica. Por otro, la instintiva solidaridad con la causa  palestina, tan vapuleada desde la creación del estado de Israel.  Históricamente se produjo un cruce que devino en esquizofrenia, al  coincidir en el tiempo la moda de los kibutz y la emergente lucha por el  estado palestino. Zapatero no estaba en la pomada y se libró de  aquello. El andaba enfrascado descubriendo las batallitas del abuelo que  perdió la guerra. Con todo, es estúpida la polémica que ha desatado la  foto del presidente con la manta pinteada. Bien está destacar la  ingenuidad de ZP (ponerse la kufiya es tomar partido; condenar la  invasión del Líbano es ejercer el sentido común), pero no conviene  gastar pólvora. Los esfuerzos que invertimos en la kufiya, se los  ahorramos al repudio de la invasión israelí. Mira por donde, yo misma he  caído en la trampa.</p>
<p>Las últimas piezas del &#8216;puzzle&#8217; EL PANTOJO. Julián Muñoz dio el paso  definitivo el día que tomó a Pantoja de la cintura y se presentó ante el  mundo poniendo por testigo a la Virgen del Rocío. El ex alcalde de  Marbella llegó al couché como un patriarca gitano y se ha ido como Al  Capone, asediado por la policía en una secuencia de telefilm. Lo primero  que pidió tras su detención fue un lexatin. Se le había roto el sistema  nervioso y tenía los ojos fuera de las órbitas. El alcalde que sacaba  pecho para conquistar a la tonadillera era de pronto un hombrecillo  empequeñecido, sudoroso, vacilante y acobardado. Julián Muñoz había  llegado a creer que su colaboración sería premiada con la libertad. Pero  se equivocó. El juez Miguel Angel Torres no estaba dispuesto a que el  caso Muñoz creara más alarma social. La tercera fase de la Operación  Malaya pudo con él. Marbella nunca volverá a ser la misma porque le han  robado los ríos, las montañas, los árboles y las playas, pero al  magistrado le cabrá el consuelo de haber actuado al fin con mano libre y  ejemplarizante. Hoy, casi todos los estafadores están en Alhaurín,  viendo pasar la vida bajo un sol de justicia (la expresión la ha hecho  célebre <strong>Rafael Martínez-Simancas</strong> y justo es  reconocerlo). Julián Muñoz mató al padre (Gil), pero el parricidio  empeoró las cosas. Ahora se sabe que el ex alcalde de Marbella recibió  pagos de Roca por contraprestaciones municipales. Que se sepa, 150.000  euros: una nadería. El puzzle todavía no cuadra. Faltan piezas.</p>
<p align="right"><strong> EL MUNDO<br />
MADRID, 23 de julio de 2006 </strong></p>
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