Una noche en blanco y de polispán

Por: RAFAEL MARTÍNEZ-SIMANCAS

Que Berlanga haya dejado de hacer cine no significa que no falten argumentos. Con permiso de Luis Escobar (que en gloria esté), la celebración de la Liga del Real Madrid era el ensayo de La Escopeta Nacional IV. Desde los romanos a este siglo, todos los triunfos se han festejado con un punto hortera; éste no iba a ser menos. De ahí las bocinas de gas, La Castellana cortada y un rocío de gente a pie. Padres de familia que se habrían metido en la cama a las diez, después de la tradicional cena de tortilla francesa y loncha de jamón de york que tanto ha hecho por la dieta dominical del español. Alguno de ellos ejemplares vecinos que pierden el oremus de tal manera que aparecen en televisión como auténticos homínidos en pleno orgasmo deportivo. Ellos, sí, los que han pisoteado las flores y han trastocado el material urbano hasta dejarlo hecho un solar. Su locura la pagaron los tulipanes.
No es la subida del IPC, ni la del Euribor, lo que saca a los madrileños a las calles. Mucho menos una respuesta a la invasión de las tropas de Murat. Doscientos años después, el pueblo se echa a la calle para cantar el alirón-chimpón de un equipo de fútbol (de levantar la cabeza el teniente Ruiz, la volvería a meter en la urna de la Plaza de la Lealtad). Y de aquella noche esta resaca de lunes de triunfo y de sacar pecho en el bar, sin importarles quién pagará la limpieza de sus desmanes. Si por el entusiasmo popular fuera el autobús del Real Madrid habría sido llevado en volandas, igual que un paso de Semana Santa con Dolorosa. Y el timón del vehículo, (poco parece el volante para la ocasión), guiado por el brazo incorrupto de la Santa de Avila. Raúl bajo palio. Curas, sotanas, monaguillos, repique de campanas y todo para configurar un cuadro más barroco que el de la coronación de Napoleón por el Papa Pío VII en Notre Dame. Y ya puestos unas jornadas de amnistía fiscal para que el pueblo llano experimente la satisfacción que conocen los Albertos.

No hemos pasado, efectivamente. Se trata de la celebración de un equipo de fútbol, nada más, que ya tiene un estadio para el desparrame sin necesidad de cortar la ciudad y desbordar a La Cibeles con testosterona guerrillera. Por igual motivo nadie podrá evitar que los alumnos de una academia de bachillerato a distancia, no corten el lateral de La Castellana después de los exámenes de junio. Superar el logaritmo neperiano, a los veinticinco años, debe estar premiado tanto como ganar la Liga. La Cibeles, superviviente de los fanfarrones y de la Guerra Civil, no tiene porqué aguantar este carrusel de lo hortera, tan demoledor y de vergüenza ajena. Hacen unas reproducciones de polispán estupendas y caben en el Bernabéu.

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