El gran circo Aragonés

Por: RAFAEL MARTÍNEZ-SIMANCAS

Cuando Búfalo Bill llegó a cierta edad, en lugar de buscar un hueco frente a la chimenea, prefirió montar un circo con un viejo enemigo: Toro Sentado. Ambos vinieron a Europa a recrear con salvas y sables de madera sus años de gloria, pero en lugar de transmitir la emoción del oeste lo que lograban era un espectáculo mustio que era el antecedente del ?Chino Cudeiro?. Esa herencia del circo de Búfalo Bill mezclada con la melancolía por la pérdida de Cuba y Filipinas, (el mal del 98), es la selección. Y, Luís Aragonés, el último indio que queda vivo del circo de la decadencia del ?far-west? que estuvo en Europa. Parte de su sordera viene por haber compartido camerino con Toro Sentado, (al que le gustaba calentar la voz con cánticos apaches).
Por encima de la discusión de si debía haber convocado a Raúl, o a otro jugador, el problema se llama ilusión. El deporte sin ilusión es pura gimnasia sueca; una castaña. Y, en esto, aparece José Tomás y pone a una plaza boca abajo y las imágenes corren de mano en mano como si fuera mercancía ilegal. El diestro de Galapagar, sin quererlo, le ha hecho un quite a la selección española de fútbol tan acostumbrada a hacer faenas aseaditas. El público tiene necesidad de emocionarse, hay hambre de espectáculo y de riesgo. Después de los estatuarios de vértigo que realizó José Tomás en Las Ventas, se espera que la selección gane con la heroicidad de las grandes ocasiones. Una selección mecánica, tipo Holanda en los días de Cruiff, aunque gane no transmite al graderío; en cambio queremos ganar como alemanes jugando igual que los brasileños. El público sentado en el palco de su casa, esa zona noble que demarca el espacio de una televisión, demanda magia y pellizco. Luís Aragonés sabe que le van a exigir lo mismo que a José Tomás: que se ate las zapatillas al suelo y que no se mueva aunque a nuestra portería lleguen ?toma-hawks? lanzados con ira. Ese mismo público que rugía en Las Ventas exige genialidad.
El fútbol tiene tanto de deporte como de espectáculo, también se premian las cornadas. Tomás cortó cuatro orejas pero pudo haber salido por la enfermería, a efectos de la masa entregada daba igual, (a él no, claro). En la tarde venteña de los cuatro apéndices, algo que no había pasado en cuarenta años, José Tomás devolvió el hambre de emoción a un público acostumbrado a dormitar en el tendido y a contar moscas.
Luís Aragonés tenía que haber convocado a José Tomás para su gira europea del Circo Aragonés. Después de ver cómo el torero se cruzaba a la muerte de pitón a pitón, le van a exigir que las piernas de sus jugadores no tiemblen ante el pánico del punto de penalti. También algo más de elegancia en el paseíllo, y que no le cuelguen los pantalones del chándal, ¡hombre!

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