Los enfermos de paseo

Por: RAFAEL MARTÍNEZ-SIMANCAS

Los enfermos desean un traslado hacia la salud, y los encargados de la salud pública madrileña les han hecho un traslado de centro, desde San Martín de Porres, (Puerta de Hierro), al nuevo hospital de Majadahonda. En aparente calma les han llevado de excursión con sus goteros, sus mascarillas, sus camas y sus dolores. Y con ellos los informes clínicos y esas gráficas que se ponen al pie de la cama y que tienen alzas y bajas como si fueran valores de la Bolsa de la vida. No era una excursión de domingo pero sí es verdad que se hizo en día festivo por aquello de que la alegría también cura y devuelve el tono vital a los cuerpos.
Decía el mulato San Martín de Porres: ?yo te curo y Dios te sana?, siglos después Jardiel le enmendó la frase: ?sólo hay dos tipos de enfermedades: las que no tienen remedio y las que se curan solas?. Pocos se han detenido en la etimología del callejero que en este caso aconsejaría dejarlos al cuidado del santo mulato pero los tiempos dicen que a falta de milagros es mejor un centro moderno con mejores condiciones técnicas. Los hospitales, al contrario que las catedrales barrocas, no ganan nada con los siglos. Por lo tanto no cabe la nostalgia cuando se trata de abandonar un viejo edificio que huele a desinfectante y a ese extraño aroma a limón que desprenden las vendas de escayola.
Para el derribo queda el antiguo hospital que estuvo cuarenta años dando servicio a esta ciudad donde lo que no mata engorda, donde ante la adversidad desarrollamos anticuerpos que nos permiten respirar y mantener el tipo. Para el derribo quedan también algunos trabajadores porque sus expedientes no han sido objeto de traslado y se han quedado a merced de la picota administrativa. Ellos sí que tienen motivos para echar de menos al Puerta de Hierro. Los despedidos padecen un dolor que no se quita con morfina; el mal de sentirse apagados por una orden superior contra la que no cabe recurso.
Lo importante son los enfermos y los responsables dicen que los han llevado como el que lleva a un gorrión herido dentro de un pañuelo de seda, con calma y extrema dedicación. Ese viaje también lo hizo el profesor Neira que no termina de salir del bache en el que cayó por ser buena persona y salir al paso del ataque a una mujer que ni siquiera le agradece su esfuerzo. Neira vive una lenta agonía que no se merece. A él y al resto de pacientes habría que llevarlos a la ciudad de los hombres sanos, (de ahí el viaje con ambulancias y doctores). Pero la salud es tan cambiante que no tiene capital conocida, por eso la enfermedad nos vence cuando puede. El cuerpo es un laberinto que se lleva sus enigmas de paseo porque el dolor viaja dentro como maleta, igual que una sombra cansina que no nos abandona.

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