Sasha y su madre

Por: RAFAEL MARTÍNEZ-SIMANCAS

Y eso que Michelle venía a descansar. En cuatro días ha estado en Marbella, Granada, Ronda y Palma. Además de haber pasado por tiendas, restaurantes, playa y plaza, (de toros). El lujoso hotel lo ha utilizado como ropero y catre puesto que han hecho más kilómetros que el caballo de una noria. En este trajín destaca el papel de Sasha que ha sorprendido debido a su edad; cuando los niños de su quinta se pirran por hacer castillos en la arena, a ella le dejaron apenas un baño rodeado de unos señores de la CIA que hacían de “espantatiburones” para que Sasha pudiera jugar a “Nemo”. Lejos de quejarse la pequeña salió del agua cuando fue reclamada, sonriendo como si la playa de Estepona famosa por sus cantos rodados tuviera la arena de Malibú. Ahí se pudo apreciar su encanto porque no emitió quejido alguno cuando los guijarros golpeaban en sus tobillos, como le pasa a todo el mundo. Es posible que la singular manera de mover los pies de Chiquito no la aprendiera en Japón si no en una playa malagueña.
No hubo mala cara al subir las escaleras en Ronda bajo un calor que hubiera derretido a don Próspero de Merimée. Ni una rabieta por cambiar la piscina por la visita a la Alhambra, ni reclamó un polo en la Plaza de los Naranjos de Marbella. El remate fue la comida de ayer con los Reyes, el protocolo le había dejado fuera de la foto oficial y del almuerzo, y Sasha en lugar de quedarse en la piscina del Villapadierna a la espera de que su madre le recogiera a la vuelta, se apuntó con la resignación de la niña a la que le toca comer en casa de los abuelos el domingo.
A lo largo de estos días ha tenido que ver cómo a su madre le agasajaban de todas las maneras posibles. A Michelle Obama parecía que no dejaban de abrírsele las puertas del concurso del “Un, Dos, Tres”, y cuando no eran unas señoras con unos pañitos de encaje, era unos con unas flores, o los de la embajada de Jabugo con unos platos de degustación. De haber cogido todos los presentes el “Air Force Two” habría ido con sobrecarga de peso. Y, encima, les llamaron los “Mojama”.
Cualquiera que tenga hijos en la edad de Sasha entenderá el sacrificio que ha hecho. De tal manera que cuando vuelva a Washington y su padre le pregunte cómo se ha portado la respuesta sea “muy bien”. Así que ahora, después de esta gira agotadora la niña pueda disfrutar de unas vacaciones normales: con cubo y pala, y sin tantos monumentos.

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