Los sabores perdidos en la obra de la M-30

Por: RAFAEL MARTÍNEZ-SIMANCAS

El vídeo que ha elaborado el Ayuntamiento de Madrid para justificar las obras de la M-30 es de una creatividad intachable, original, oportuno, fácil de comprensión y moderno en su sentido estético. El vídeo es de premio, otra cuestión es el análisis de su mensaje, que tiene algunas goteras, por ejemplo han olvidado incluir la cara de los vecinos y sus testimonios, que algo cuentan, los kilómetros de retenciones, los accidentes que ha provocado, los heridos y acaso también los cabreos por llegar tarde. También tiene un punto de humor cuando presentan imágenes de principios del siglo XX comparándolas con la actual ciudad de los prodigios; un poco más y dicen que el Metro inaugurado por Alfonso XIII fue una iniciativa del PP. Las imágenes del Madrid de principios del siglo XX: la foto de la pavera en la Gran Vía, los aguadores en Alcalá y hasta la de los borriquitos por el Puente de Toledo, tenían su encanto. Comparar el progreso con la infancia es cuando menos arriesgado. Tampoco es que exista un club de amigos del gasógeno, ni una peña de nostálgicos del tranvía que llevaba a los toros, pero la modernidad no tiene por qué ser la única vía de salvación. Si empezamos así vamos a tener que hacer un gran acto de contrición en la plaza de La Almudena renegando de aquellos años en los que bebíamos en botijo y el cocido nos parecía el súmmum de la cocina creativa.
El grupo municipal de IU ha delegado en Inés Sabanés la misión de denunciar el vídeo de la M-30 por costoso e impertinente, pero ya se sabe que la Justicia es lenta y escasamente mediática, así que, para cuando les den la razón, (si así lo considera un juez), Gallardón puede andar por la quinta mayoría absoluta y la octava reforma de la calle 30. Eso sin contar que el vecino suele tener mala memoria cuando acaban las obras porque el hormigón es más tozudo que la mente y llega un punto donde o te rindes o te amargas la existencia. Ya lo dice el refrán: a la fuerza construyen. IU sabe que el enfado no es una olla que pueda permanecer mucho tiempo caliente. Igual es que la ciudad moderna está hecha para las obras y éstas pensadas para ahuyentar a las personas, todo pudiera ser. En ese caso me autoproclamo un troglodito, un atapuerco que echa en falta el sabor perdido de Madrid cuando era una ciudad amable y con menos diseño. Y para que conste mi afición por la modernidad de las excavadoras sepan que este texto lo he escrito a lápiz. ¡Ea!

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