Cuerpo y Carla

Por: RAFAEL MARTÍNEZ-SIMANCAS

No es lo mismo escribir letras de canciones en la mesa de un café, en la paz del humo y con el punto lánguido de los poetas, a escribir en el Elíseo rodeada de Sarkozy y protocolo. El mérito del nuevo disco de Carla Bruni es que se trata de letras de trinchera; mientras su marido habla por teléfono con Bush y detallan el menú de los 19 platos, ella le busca rima a la música. Es fácil imaginarle a él a un lado de la cama, con el móvil incandescente, y al otro a Carla con la guitarra dale que te pego a la escala musical. Y ese mi que se atraganta y no sale.
El triunfo no es tanto de Bruni, que consigue aislar a la poesía del poder, sino de Sarkozy, que no se deja contaminar por las canciones que escucha. Hace 40 años esa misma pareja habría acabado en Ibiza, ella tocando por las calles y él vendiendo collares, pero la globalización lleva a cierta pérdida de sensibilidad artística. Sarkozy es de los que cree que con un artista en la familia es suficiente, pero que alguien se debe ocupar de las cosas serias. Los pasillos del metro están llenos de ejemplos. Ejercer la Presidencia es lo que tiene, uno se vuelve circunspecto e inalterable. A Zapatero le pasa lo mismo, admite que no dice tacos cuando se coge los dedos con una ventana, cosa extraña, porque ya dice el refrán que no hay dolor más inhumano que cogerse la corbata con la tapa de un piano. Ni Zapatero impreca cuando la ventana se vuelve guillotina, ni Sarkozy suelta lagrimitas cuando Carla se pone tierna en clave de sol. Estamos ante dos ejemplos de cursis electos, no hace falta estar en el G8 para tener ese título.

Para que te emocionen las canciones de Carla, (el cuerpo afinado del pop), no es necesario leer a Verlaine en francés, basta la mezcla de voz y guitarra. Recuerda Silvia Grijalba en su libro Palabra de rock que Tom Waits sostiene que una canción para que sea buena debe poder ser silbada. Los que no podemos escuchar a Carla en original, al otro lado de su cama, nos conformamos con silbar sus melodías. Canciones poéticas escritas en la cautividad del Elíseo, por lo tanto doblemente emotivas.

Sarkozy está para otras cosas, para subir pirámides con el niño a cuestas, para cenas, para la letra menuda que tiene toda labor de Gobierno y para las fotos en la escalinata con apretón de manos. Pero ella no cede personalidad y eso le agranda como figura de la canción, Carla pasa revista a las tropas junto a su marido y parece que los tambores suenan a violín y arpa.

Ya veremos quién gana la batalla del futuro, si tal vez «le petite Nicolás» acabe haciéndole los coros a Carla, convertido en su Yoko Ono, y juntos los veamos actuar en el próximo Rock in Río. En los acústicos de dormitorio él le pide otra y ella accede porque se debe a su público. Hay parejas que son un concierto sin espectadores, otras un espectáculo tristón y las menos una poesía.

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