El automóvil aparcado

Por: RAFAEL MARTÍNEZ-SIMANCAS

La industria entendió que nos iba a hacer falta de todo a todos, pero no un coche por familia sino un coche por persona, pero no un móvil por persona sino un móvil para cada oreja, pero no una casa sino dos cuando no tres. La industria se puso a producir y nos llenó la vida de trastos de tal manera que la crisis deja un cementerio de coches sin usar, algo insólito porque lo habitual era ver cementerios de coches desguazados.
Los robots que fabrican vehículos tienen un hastío de tuerca floja, se encuentran entre la penuria y la desgana. En grandes campos de batalla se alinean los autos que nunca se llegarán a entregar, unos coches que serán viejos antes de que nadie se suba a ellos. La industria no calculó que llegaríamos a saturarnos de coches o que la crisis impediría acceder a los créditos para poder comprarlos. La industria nos cebó como a patos y vamos a estallar por la parte del foie en una muerte dulce repleta de objetos. Es posible que la crisis nos entierre tan ricos como los faraones que se rodeaban de todo tipo de tesoros; nosotros nos podemos hacer enterrar con las acciones que no sirven, con los móviles, con los pagarés y con el volante del coche. Es el consumo que nos consume.
Lo del automóvil tiene un final fatal, quizá los pongan en las casas nido por si alguien quiere adoptar un Clío 5 puertas. Otra solución es darle la vuelta a las tradiciones, ya hay mucha gente que sienta en su mesa a un banquero porque el gesto es igual que dar de comer a un pobre. El IPC no se mueve pero sus tripas lo agradecen.

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