El espejo de la Puerta del Sol

Por: RAFAEL MARTÍNEZ-SIMANCAS

La Puerta del Sol además del “topicazo” del kilómetro cero, sede del Gobierno regional y recuerdo histórico de balcón republicano es “plaza”, y en semejante lugar se ha desarrollado siempre la democracia desde los griegos hasta la fecha, y no íbamos a ser nosotros menos. La fuerza de un público en una plaza tiene mucho de empuje de riada, es ese público el que otorga orejas en los toros, o el que manda callar a su presidente, o el que inicia las revoluciones bien contra el francés invasor o contra la monarquía de Alfonso XIII. Y el mecanismo es siempre el mismo: uno se concentra en el ágora con ánimo festivo pero nunca se sabe como puede acabar la tarde, (o noche). Otro año más, y como es costumbre, miles de “valientes” se ponen el frío por montera y se “incomodan” para seguir la versión castiza del Big-Ben, el reloj que nunca falla ni en tiempos de crisis ni en época de bonanzas. Y lo hace con tal rigor y puntualidad que ese dicho que afirma que a cada uno nos llegará nuestra hora debe ser cosa del relojero de Sol.
El encuentro no deja de tener su punto reivindicativo, ya que uno acude a tomar las uvas al menos que le hagan caso y pueda dejar constancia de su sentir. En ese magma social hay de todo, desde borrachos sin taberna a parejas recién “deshechas”, pasando por guiris, paisanos, transeúntes y reivindicantes. De tal manera que si Noé tuviera necesidad de hacer una segunda reedición de su famosa Arca le bastaría con rescatar a los que toman las uvas en la Puerta del Sol para poner a salvo a la especie humana. No hay otro catálogo más vivo y más interesante. Y, al margen de los “barridos” rápidos que ofrecen las imágenes de las cámaras de televisión, merece la pena detenerse en el paisanaje atrapado en el objetivo de una cámara digital. Una imagen es una verdad mil veces presenciada.
Este año se utilizó la fachada del edificio para proyectar deseos europeos y para jugar con las luces, y el resultado no pudo ser más espectacular; las estrellas amarillas de la Unión Europea plasmadas en la fachada del edificio, (epicentro durante un semestre del sentir europeo). La causa europea encaja tan bien en Madrid que no se entiende cómo estuvimos más de cuarenta años fuera de las instituciones comunitarias; es más, parece que el edificio fuera construido para la ocasión sin recordar, (para nada), su pasado como Dirección General de Seguridad en época franquista, un reducto del pensamiento único y de su brazo armado tanto en lo ideológico como en lo que tuvo de cachiporra. Ahora los madrileños saben que en sus balcones igual asoma un ciclista que un tenista o un equipo vencedor. Balcones que tienen el valor simbólico de los adoquines del foro de Roma.
Uno acude a la Puerta del Sol para reivindicar lo que tiene a bien: la amistad, el ensalzamiento del alcohol, la soledad o el cabreo por no tener trabajo, de ahí la enorme pancarta con “Paro No”, para que en Europa se den cuenta de las necesidades que tenemos por aquí, y para que aparezcan esos brotes verdes que tanto les cuesta aflorar. O esa otra que pedía la supresión de la tauromaquia, y se entiende que el envío inmediato al exilio de Enrique Ponce, José Tomás y también de los ganaderos de reses bravas, (no todas las plazas tienen que ser taurinas, ni mucho menos). Y ese otro que se curró una pancarta-collage en verso para decir que era catalán, español y que se tomaba las uvas en la Puerta del Sol, sin esperar a que el Tribunal Constitucional le estropeara un buen momento. Todo eso se puede hacer mientras uno espera a que den las uvas, en legítima unidad de pluralidad y diversidad de opiniones. Luego vendrá el futuro en forma de nueva década y pondrá las cosas en su sitio. De momento la idea es que el 2010 sea “feliz”, lo decía el tradicional luminoso sobre el reloj. Doce uvas para doce meses, y un deseo de bienestar para el resto del año que ha empezado.

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