Odios africanos

Por: RAFAEL MARTÍNEZ-SIMANCAS

A veces da la impresión de que más que en un país vivimos en una continua corriente de aire, cuando no es portazo es un grito, o algo que vuela y asusta. Debe ser la latitud geográfica, nos afectan todos los vientos, pero en lugar de sacarle partido a esa energía lo que hacemos es generar mala leche a raudales.
No siempre hemos sido así. Al embajador de Túnez le preguntaban por su país y recordaba que la transición en España se hizo gracias a personas que no tenían nada en común. Aquello ocurrió hace tiempo pero no tanto como para que no guardemos memoria. Le podemos echar la culpa a la crisis pero algunas cosas no son problema de balances si no ruindad en estado puro. No es de recibo que se critique el gasto de los traductores en el Senado y que se echen encima los talibanes de la lengua; no es de recibo que para contar la agresión a un consejero murciano se creen dos bandos; no es de recibo que andemos cada mañana buscando aquello que más le puede hacer la puñeta al vecino. Estas tensiones, en su mayoría debates de laboratorio lanzados al consumo generalizado y colocado debidamente en sus estanterías por manos interesadas, son tan artificiales como inútiles. Los desafectos son como las cosquillas, sólo hay que rozarlos para recordar dónde andan.
Mientras nos peleamos la vida sigue, la economía también y los problemas por supuesto. Este gobierno tan creativo podría convocar plazas de templadores de gaitas. Lo otro, confiarlo todo a que lo arregle Rajoy, o Zapatero, resulta una temeridad mientras no tengamos voluntad de llegar a ningún acuerdo. Llevarnos mal se nos da muy “bien”, probemos lo contrario.
Se pregunta Pablo Bensaya: “¿Afinación natural o temperada?”, (en “La afinación de la gaita gallega”, obra de obligada consulta). Un debate desde Gioseffo Zarlino a Bach pasando por estos últimos días de Zapatero.

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