Razones de peso

Por: RAFAEL MARTÍNEZ-SIMANCAS

Estimado gordito/a: y el que lea esta carta que no se ponga a reír porque en esa categoría estamos muchos; el sobrepeso afecta a más personas de las que se piensa, mire usted en las tablas y verá qué susto se lleva. La gente rellena ha tenido que aguantar durante siglos las chanzas de los políticamente correctos que les han hecho la vida imposible. Bastante tenían ellos con su cruz para además convertirse en rechifla marinera. A mi amigo Javi, cliente habitual de tallas grandes, la voz grabada de un banco le dijo: «Por favor, pasen de uno en uno», tomándolo por un grupo de personas que intentaban entrar en la sucursal. Por lo tanto, la vida no está hecha para los que se salen de la norma, ya sea por alto, bajo, gordo o singular.
Si hay algo realmente desagradable es subir a la báscula y esperar a que cante el tonelaje correspondiente; en ese sentido, las básculas parlantes que tenían algunas farmacias hicieron mucho daño a la causa del adelgazamiento. Era preferible sentirse humillado y un ser marginal antes que pasar por la vergüenza de resultar subastado en público como el gordito del barrio. Prueba de que muchos lo han intentado dejar son las dietas milagrosas (santo negocio) y esos aparatos absurdos que anuncian en las teletiendas de madrugada, en los que una vedette recostada en un triclinio afirma guardar su dieta.

Y esto lo digo por los que han intentado los planes milagrosos que venían con nombres fascinantes: dieta del astronauta, del piloto de caza, del hombre bala del circo o de la mujer del embajador.Todas ellas acabaron en un fracaso que, de nuevo, sirvió para conducirnos a la más amarga de las soledades, de nuevo un careo con la báscula para saber quién decía la verdad. Todas esas dietas milagrosas convertían al paciente en un ser desgraciado que jamás alcanzaría la meta, era como si la delgadez fuera un planeta al que nunca llegaríamos con vida.

Pero frente a la magia y los hechiceros se levantan la medicina y el deporte, dos vías de redención de condena contra michelines, lorzas, barriguitas, cartucheras, flacideces, pliegues mórbidos, tejidos adiposos, grasa en general. Tan sólo el médico y la práctica habitual de deporte nos pueden sacar de la estadística. Es curioso que un país de agnósticos tenga fe ciega en cremas reductoras.Puestos a creer, prefiero hacerlo en la ciencia y en los discípulos del profesor Grande Covián, aquel sabio feliz convencido de que lo que realmente adelgaza es lo que nos dejamos en el plato.

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