Días de lobos con bufanda

(“ABC“/MADRID, lunes 10 de febrero 2014)

Dejemos el término ciclogénesis explosiva para los neocursis de ascensor porque esto tiene toda la pinta de una borrasca gorda, de una galerna aparatosa. Por parte de la autoridad se ha activado el famoso “plan de inclemencias infernales” que corresponde cuando llega la nieve; por parte de la ciudadanía ya hacemos lo que podemos por no resbalarnos en suelo mojado. Ya saben que hay un axioma urbano que afirma que cuando quieras apoyarte en una valla para no caer ésta se alejará de ti unos centímetros suficientes para dejarte en ridículo y en el suelo.
Madrid, ciudad, en lunes y con lluvia gélida es un espectáculo que sale poco en las películas. Madrid es una ciudad amable, muy entretenida en primavera cuando pasan estos días de lobos, mientras tanto enrojecen las narices de los que esperan en la marquesina del autobús y se crispan los nervios de los conductores que intentan llegar a la ciudad como Julio César se dispuso a atravesar el Rubicón. ¿Quiere eso decir que Madrid es imposible cuando llueve y una trampa cuando nieva?, en efecto, me alegro de que me haga esa pregunta, así es. Ya puede el Ayuntamiento esparcir sal como si fueran pétalos de rosa porque tenemos asegurado el atasco, el patinaje urbano, el frío de mausoleo instalado en los huesos y esa manera de doblar las varillas de los paraguas como si fuéramos tripulantes de un barco ruso en aguas bravas. Este viento tampoco es normal, nunca me había encontrado con gotas de lluvia horizontales, gotas carnívoras, que atacan al cuello cuando no lo esperas.
Todo lo daremos por bueno si los pantanos se llenan, (deben ser la alegría de los sapos y la orgía de las carpas), y no tenemos sequía. Se podrá decir que, en efecto, nos resbalamos, caímos, mojamos y acatarramos llevados por una buena causa, todo sea porque la primavera luzca tan hermosa como en una postal suiza, (pero sin acudir a la evasión de capitales).
Madrid también es frío pelón, y pararse ante un puesto de castañas para calentarse las manos. Días de bufandas, lobos y grajos como bien señala el refrán. Madrid también es invierno, e infierno cuando sopla viento el norte “que no sabe cerrar las puertas”, decía Ramón.

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